sábado, 14 de enero de 2017

CON SUMO CONSUMISMO


Ya están aquí las rebajas: todos a comprar. Tras un mes de preparativos, compras y consumo desbocado, empachos y regalos, hay que seguir comprando a discreción. ¡Que no decaiga el consumismo!

Hay que gastar, comprar y consumir como si no hubiera mañana, a lo loco y, sobre todo, sin pensar. No vaya a ser que, si pensamos un poco lo que estamos haciendo, dejemos de comprar y, ojo, eso sí que no nos lo podemos permitir.

Cada vez me gusta menos comprar y, de hecho, cada vez lo hago menos. Antes me dejaba seducir por los cantos de sirena del consumismo, yo también caí, claro, hasta que me di cuenta de que era una trampa. Fue un proceso, no fue de un día para otro: cuando me fijaba en un bolso o en unos zapatos, y sentía el impulso irrefrenable de comprarlos, me decía a mí misma “Si no se te va de la cabeza en una semana, te lo compras”. Y se me iba casi siempre. Ahí es donde detecté la impulsividad del consumismo. O compulsividad, mejor dicho. Ese poder de “lo quiero, lo puedo tener, lo tengo” era difícil de resistir, pero era una recompensa inmediata y superficial y, sobre todo, efímera. No me hacía feliz comprarme ese bolso ni esos zapatos. La satisfacción me duraba 5’ y enseguida estaba pensando en comprar otra vez.. He ahí la trampa.

Cada compra es el eslabón de una cadena infinita, así que la única solución es romper la cadena. Es como la adicción al tabaco. Fumamos por ansia, no por necesidad. Lo mismo pasa con el consumismo. Ni el cigarrillo ni las compras rellenan ningún vacío, sino que lo crean y, además, alimentan la cadena. Cuanto más compramos, más queremos comprar, con lo que queda demostrado que no se trata de una necesidad, sino más bien, de una patología.

Consumir no solo no nos hace más poderosos ni más felices, sino que nos esclaviza. Vacía nuestros bolsillos y, lo que es peor, nuestra autoestima. Gastamos por encima de nuestras posibilidades, para comprar cosas que no necesitamos y nos olvidamos que la felicidad no consiste en poseer, sino en ser y en sentir, y eso no se compra en ninguna tienda.

No nos confundamos: si se llama consumismo es porque lo que hace, precisamente, es consumirnos.