domingo, 25 de julio de 2021

MICRORRELATO

 

Érase una vez una chica sensible a la que algunas situaciones la afectaban demasiado, según la mayoría de sus amigos. Por ejemplo, si un buen amigo le cancelaba los planes una y otra vez durante meses, ella se sentía herida. Cuando compartía su malestar con alguien cercano, siempre le decían “Tienes que pasar”.

Si, por ejemplo, un compañero del trabajo al que apreciaba le contestaba mal, también se disgustaba, y también obtenía la misma respuesta cuando lo explicaba a alguna amiga de su confianza: “Pasa. Tienes que pasar más”.

Fueron tantas las ocasiones en las que oyó el mismo consejo, que decidió tomar medidas, así que invirtió en psicoterapia y en libros durante mucho tiempo para aprender a protegerse y ser más impermeable.

Ahora, años más tarde, lo que le dicen más a menudo es "Claro, es que tú pasas de todo".

La moraleja es una urbanización muy pija que hay en Madrid.

 

martes, 23 de marzo de 2021

LO DE ROCÍO CARRASCO

Dos días después, muchos siguen de resaca emocional, que es lo que ha desencadenado el regreso televisivo de Rocío Carrasco tras veinte (no veinticinco) años apartada del ojo público. El título ya prometía: “Rocío Carrasco: contar la verdad para seguir viva”. El drama estaba asegurado. 

Sin duda, fue un testimonio, en apariencia, desgarrador: ella hecha un mar de lágrimas, con respiración entrecortada, hablando de lo mucho que ha sufrido por haber perdido a sus hijos y, sobre todo, poniendo el foco en lo malo que es su exmarido y  padre de sus hijos, al que acusó de malos tratos. Este podría ser el resumen, a grandes rasgos.

Su testimonio despertó, y sigue despertando, un tsunami de empatía, solidaridad, comprensión y sentimiento de culpa, todo a la vez. Es difícil ordenar, mejor dicho, reordenar, las emociones ante un caso como este. Rocío Carrasco reapareció en un documental, docuserie lo llaman ahora, producido por la misma productora que durante 20 años nos ha hecho creer que ella era una “mala madre”. De hecho, lo hicieron con tal ahínco, que Rocío Carrasco se convirtió en algo así como la “mala madre oficial de España”. Y no solo eso, sino que es la misma productora para la que trabajaba su exmarido hasta la semana pasada, el presunto maltratador, al que han despedido tras la emisión de esos dos capítulos en los que ella lo acusa directamente.

Ahora, esa productora quiere que escuchemos la otra versión, la de ella, la presunta víctima que nos habían vendido como villana durante veinte años, para hacernos creer justo lo contrario. Y mucha gente se ha subido a ese carro, de ahí el sentimiento de culpa al que hacía referencia anteriormente.

Dejando de lado si me impactó o no su testimonio, que es del todo irrelevante, no puedo evitar hacerme un sinfín de preguntas. ¿Debemos creernos su testimonio solo porque parece una mujer psicológicamente destrozada? Y, de hecho, no es tan irrelevante si me impactó o no. Porque me pregunto si a lo mejor no me llegó precisamente porque tengo prejuicios contra ella, porque lo que nos han contado de ella durante veinte años quizás ha hecho mella en mí. O quizás no. ¿Cómo saberlo?

Dice que ha estado callada todo este tiempo para proteger a sus hijos, pero entonces ahora ¿ya no le preocupa su bienestar? ¿Ya no le importa la posible desestabilización que les puede provocar su testimonio, acusando al padre que los ha criado de maltratador y de ser un "ser diabólico"?

Su exmarido nunca fue condenado por malos tratos. ¿Debemos ignorar ese hecho solo porque ella parece, o mejor dicho, aparece como víctima de esos presuntos malos tratos? ¿Porque nos cuenta que lleva años en tratamiento psicológico? ¿O para que no nos acusen de falta de empatía?

Sin duda, esta reaparición va a generar contenido televisivo para años, lo que beneficia claramente a la productora de la docuserie, que produce también “Sálvame”, su programa estrella, con 5 horas de emisión diaria al que hay que alimentar, y que estaba viendo, por cierto, cómo se agotaba el filón Pantoja y que había que entretener a las masas con nuevo (o viejo, según se mire) material. Porque lo que se viene ahora son las réplicas infinitas al testimonio de Rocío Carrasco: la de su hija, la de su ex, la de sus tíos, primos y allegados mil. Porque ese es su negocio, al fin y al cabo. El de todos.

Yo no estoy a favor de ninguno de los dos, y tampoco en su contra. Sí que me niego a aceptar eso de que “cada uno cuenta su verdad”, porque LA verdad es solo una, y me temo que esa nunca la sabremos. 

Ah, y un último apunte: Sálvame es un programa de entretenimiento, no un informativo. No sé si me explico.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

jueves, 11 de febrero de 2021

EUFEMISMOS CERO

  

Vivimos tiempos de eufemismos. No sé si se trata de hacernos sentir idiotas (más, si cabe, de lo que ya nos sentimos) o de hacernos sentir especiales (que saben que nos encanta). Un ejemplo de lo primero es que nos hablen de “precariedad laboral” o "reajustes de plantilla" cuando lo que quieren decir en realidad es “sueldos de mierda y despidos rápidos y fáciles a discreción”. Un ejemplo de lo segundo es que ya no se habla de personas “pobres”, sino de “personas en riesgo de exclusión social” o "vulnerables".

Otro ejemplo de que nos tratan como a borregos es cuando hablan de “desaceleración económica”, pudiendo decir “recesión”. O “crecimiento negativo”, lo cual es un oxímoron en sí mismo. O “tolerancia cero”.  A ver, si hay cero tolerancia, es que no la hay. En ese caso, pues, habría que hablar de intolerancia, una palabra defenestrada por ser considerada “de derechas”. No está bien visto ser intolerante, ahora hay que ser tolerante cero. Cero, sí, como la cerveza. Rubia, pero sin sustancia, como buena rubia. La cerveza, digo. Con excepciones, claro, porque la última moda son las intolerancias alimenticias: al gluten, a la lactosa, a la fructosa y a un sinfín de cosas más. Ahí no os importa ser intolerantes. Es más, os encanta “uy, no, no puedo comer …. porque soy intolerante al …..”.

O a lo mejor solo se trata de dar rodeos y rellenar discursos vacíos con expresiones más vacías aún, para que parezca que se dice algo con fundamento cuando en realidad no se está diciendo nada. Los políticos están en el nivel premium de esa categoría, como los que se ponen medallas al afirmar que van a “respetar el resultado electoral” como si eso aportara algún valor añadido, un plus democrático o algo así.

Otro ejemplo de lo absurdo de los eufemismos es cuando hablan de “persona racializada” para no decir su raza cuando no es blanca. Al parecer, no es políticamente correcto. Y ahora tampoco se puede decir de alguien que está “gordo” que lo está, aunque lo esté. Ahora hay que decir que tiene un cuerpo “no normativo”. Que para engordar el discurso no hay problema.

Lo de los padres con sus hijos es un mundo aparte: los padres de ahora ya no tienen hijos insoportables ni maleducados. Cuando sus hijos patalean y/o tienen una rabieta es porque “se sienten frustrados y canalizan su frustración”. Si el crío es desobediente, dirán “es que mi hijo tiene mucha personalidad y sabe lo que quiere”. Críos con 4 años. Por suerte, al menos, todos son listísimos. Eso sí. ¿O acaso conocéis algún padre que diga “tengo un hijo tonto”? Pues niños tontos los hay desde siempre, así que no sé, pensadlo un poco. Dadle una vuelta.

Pero no deis más rodeos, haced el favor, que se me está empezando a saturar la capacidad de asimilación de gilipolleces.

miércoles, 6 de enero de 2021

OTOÑO

 Bendito verano,

que llenas todo de calor y de luz,

de sonrisas y música,

desplegando tus velas sin miedo.


Sin miedo al cambio de marea

Valiente guerrero, a pecho descubierto

Sin escudo ni armadura

Creyó que su tiempo era infinito.


Pobre ingenuo.


El verano se apagó,

bajó su telón y fundido a negro

Y solo queda silencio y oscuridad

Ni aplausos, ni bises.


Maldito otoño, que llegas sin remedio

No eres bienvenido.

Tiempo de volver al caparazón

del que nunca debió salir


Aquel pobre guerrero.